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Lugares de leyenda: la Casa de María la Brava

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Casa de María la Brava

La Casa de María la Brava, un edifico rodeado de leyenda

Salamanca desprende leyenda. Su monumentalidad, su antigüedad, sus edificios, el color de la piedra, incluso la forma en que se proyecta  la luz del sol, convierten a la ciudad castellana es un lugar propicio para dejar volar la imaginación. Cuando uno llega a la ciudad y pasea por sus calles, se pregunta qué historias, qué cuentos populares, qué leyendas se esconden tras sus muros.

¿Fantasmas? ¿Voces? ¿Nobles? ¿Amantes? ¿Monjas? ¿Prostitutas? ¿Caballeros? ¿Quiénes serán los protagonistas de esas historias que han sobrevolado el paso del tiempo y llegan a nosotros como la historia no oficial pero más esencial de la ciudad? Hoy vamos a acercarnos una de esas leyendas: la leyenda de María la Brava.

Si nos damos un paseo por la Plaza de los Bandos, veremos en una esquina una preciosa fachada muy singular en Salamanca que se estructura sobre la entrada en arco de medio punto con potentes dovelas, en torno a la cual cuelga un alfiz quebrado elegante con bolas en su coronación, bajo la que se acoge un dintel ricamente labrado, presidido por el escudo del poderoso linaje de los Enríquez.

Se dice que esta fue la casa donde vivió María de Monroy, María la brava, protagonista de una de las leyendas más populares de Salamanca.

Nos situamos en el siglo XV en plena guerra local de los Bandos en la cuál las familias nobles salmantinas se enfrentaron en dos bandos por el poder de la ciudad: el bando de San Benito y el de Santo Tomé. María, casada con un miembro de la familia Enríquez, pertenecía al bando de los Santo Tomé. Enviudó pronto y quedó sola con dos hijos, Luis y Pedro, “Los Enríquez”.

Siendo ya mozos, se implicaron en las refriegas y una noche fueron asesinados a manos de los hermanos Manzanos, miembros del bando de San Benito. Los hermanos Manzanos, temorosos de la reacción de la madre más que de la justicia, corrieron a refugiarse en Portugal.

Doña María no se lo pensó dos veces y salió, acompañada de sicarios y deudos, en busca de los asesinos de sus hijos. Cuando dio con ellos, los mató y decapitó, volviendo a Salamanca con las dos cabezas clavadas en picas a modo de estandarte. Una vez en la ciudad, las depositó sobre las tumbas de sus hijos a modo de ofrenda.

Desde entonces, ese gesto sanguinario y de amor materno, le valió el sobrenombre de “la brava”.

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