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‘La vida es sueño’ de Calderón de la Barca

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La vida es sueño es la síntesis más acabada de la dramaturgia calderoniana y, sin duda, una joya del teatro universal y Barroco español. Esto la convierte en un gran reto para cualquier director de teatro. Es una obra que forma parte de nuestro patrimonio humano y cuyo pilar es la reflexión en torno a la libertad. Para entender nuestro tiempo, marcado por la confusión, nos adentramos en la peripecia humana de Segismundo, príncipe deportado a las entrañas de la tierra, donde nace la noche.

El director Juan Carlos Pérez de la Fuente parece haber concentrado todos sus esfuerzos en hacer comprensible a un espectador de nuestro tiempo lo que es el valor fundamental de la obra, quizá, desde el punto de vista estrictamente dramático: la transformación anímica y espiritual de Segismundo, motivada por los raros sucesos que le acontecen en la pocas jornadas de su existencia que la obra dramatiza. Se descubre la profunda humanidad de un personaje que es a la vez símbolo, anticipo de una modernidad donde se van a derrumbar todas las certezas sobre lo real, y un ser concreto, osado, honorable, necesitado de ternura y consciente de todas sus prerrogativas, empezando por la primera: el ejercicio de su libre albedrío.

La obra La vida es sueño interpretada por la compañía Siglo de Oro de la Comunidad de Madrid tendrá lugar en el Teatro Liceo el próximo día 21 de marzo a partir de las 21:00h. Entrada: 12, 16 y 20 euros.

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Un comentario

  1.   Gustavo Martin dijo

    Realmente fracasan en su intento de representar Calderón de la Barca. El texto está muy por encima de un montaje anacrónico y contradictorio, empezando por los soldados vestidos de tortugas ninja. Un espectáculo deplorable más cerca de la comedia que de la reflexión calderoniana. Una obra en la que el texto debería ser proyectado por encima de la actuación, en la que los actores deben tener la oportunidad de hacer retumbar en los espectadores las palabras de Calderón y que sin embargo se pierden difuminadas en los aspavientos recreacionistas de la vida actual. Calderón es tan actual como cualquier otro clásico. Por eso son clásicos. Es una pena que una vez más veamos una producción que no entiende a Calderón, que dudo haya leído a Calderón para adentrarse en el verdadero significado de sus palabras. Se salvan algunos de los actores, como Clarín, que podrían haberse lucido todavía más en una obra más fiel al texto calderoniano y menos a la paranoia cocainómana de los directores. Volvemos al eterno dilema de reiventar a los clásicos. Para reiventar a Calderón hace falta ser otro Calderón. Y esta compañía no da la talla. Es el peligro de representar a Calderón, que uno puede llegar a la excelencia o no pasar de la mediocridad. Éste es el caso. Sin pena ni gloria, pasó por el escenario salmantino Calderón. En la ciudad que le vio crecer. Una pena. Una verdaera pena.

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