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El Puente Romano de Salamanca y el Toro de la Puente

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Puente romano de Salamanca

Puente de romano de Salamanca

Salamanca es una de esas ciudades que tienen algo que se escapa a la fotografía y a la literatura. Al menos a mi, cuando paseé por sus calles, me invadió una sensación como… ni siquiera sé como llamarla. Tal vez es lo que el periodista Kapuscinski llama imponderabilia, que es ese algo que no se puede describir pero que está ahí, inmenso e indescriptible y que de alguna forma te emociona.

Esta sensación se acentuó más en el Puente Romano de Salamanca, el lugar desde donde se toman esas fotografías tan hermosas de la catedral y el casco antiguo.

Este puente fue construido por los romanos en el siglo I después de Cristo, durante la época del gobierno de Trajano, aunque estudios recientes lo sitúan un siglo antes. La pasarela sobre el río, inicialmente de madera, prestó el servicio de cruce del Tormes en el trayecto de la Vía de la Plata. Tiene una anchura de 3,70 metros y mide 176 metros de largo. De estos, sólo se conservan quince arcos de la época romana, los inmediatos a la ciudad, ya que en el siglo XVII una crecida del río se llevó por delante 10 arcos de la otra orilla.

Gracias a los dibujantes renacencitas y románticos, sabemos que el puente incluso llegó a tener un castillete entre 1681 y 1853, donde también estuvo colocado el toro de la puente.

Toro de la puente

El toro de la puente, o verraco, símbolo de la ciudad de Salamanca

El toro de la puente es un totem celta que forma parte del emblema de la ciudad y que actualmente se encuentra situado a la entrada del puente sobre un pedestal de hormigón. Sobre el se mantiene una coplilla: “Torito de la puente / déjame pasar,/ que tengo mis amores / en el arrabal”.

Este icono también aparece en un pasaje del Lazarillo de Tormes” Salimos de Salamanca, y llegando a la puente, está a la entrada un animal de piedra, que casi tiene forma de toro, y el ciego mandóme que llegase cerca del animal, y allí puesto, me dijo: “Lázaro, llega el oído a este toro, y oirás gran ruido dentro de él”. Yo simplemente llegue, creyendo ser ansí; y como sintió que tenía la cabeza par de la piedra, afirmó recio la mano y dióme una gran calabazada en el diablo del toro, que más de tres días me duró el dolor de la cornada, y díjome: “Necio, aprende que el mozo del ciego un punto ha de saber mas que el diablo”, y rió mucho la burla”.

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